«Haber amado con esa falta de mesura nos convirtió en expertos en la arquitectura del simulacro. Hoy, cuando alguien se aproxima con la intención de seducirnos o de construir una «verdad» compartida, nuestra mirada funciona como un escáner de rayos X.«
Extracto de «El Analista, 2009» AMR -AtoM Crimed ©
I. Sin limites.
«Existe una ceguera selectiva en la juventud que es, quizá, la única forma de verdadera riqueza que el ser humano conoce. Es una opulencia del espíritu que no entiende de presupuestos ni de inviernos.
En aquellos tiempos, el amor no se nos presentaba a los adolescentes como un contrato de cuidados mutuos ni como una transacción de soledades compartidas; era un fenómeno atmosférico, un incendio que no pedía permiso para reducirnos a lo esencial.

donde la noche es un lienzo que nos abraza con su color.
..en tu rio de oro fundido,
Y cuando menos lo esperabas, aparecía en tus manos una única botella que contenía todo el elixir que podías gastar en una vida.
El cristal era pesado, tallado con las aristas del destino, y en su interior vibraba una esencia tan concentrada que solo el roce del corcho que lo tapaba, prometía la eternidad.
Cualquier persona prudente, cualquier superviviente de los años, habría buscado un cuentagotas para no malgastarlo.
Habría administrado cada miligramo de afecto con la tacañería del boticario que sabe que el inventario es finito.
Pero nosotros ni teníamos tantos años ni éramos prudentes; éramos deidades breves.
Sin un solo miramiento, con una negligencia que hoy nos parece casi sagrada, decidimos volcar el recipiente. No hubo goteo, hubo catarata:
Un acto de terrorismo emocional contra nuestro propio futuro.
Volcamos el perfume sobre el presente con una violencia lírica, empapando los días, las sábanas, los rincones de nuestros sitios especiales y los pliegues de nuestra propia identidad. Amamos sin tope porque ignorábamos que existiera un fondo.
…se rompía el envase de los nombres, se escapaban los sentidos o los dejábamos salir.
Nos encontramos disolviendo los límites del «yo» en un charco de fragancia absoluta que hoy, en la distancia, aparece como un sueño febril.
Años después, la resaca de aquel desgaste emocional se ha cristalizado en una lucidez despiadada.
Hay una ventaja táctica en haber sido devastado tan pronto: la invulnerabilidad del náufrago. Cuando has sobrevivido al hundimiento del Titanic, los charcos de la vida cotidiana no te intimidan.

Haber amado con esa falta de mesura nos ha convertido en expertos en la arquitectura del simulacro. Hoy, cuando alguien se aproxima con la intención de seducirnos o de construir una «verdad» compartida, nuestra mirada funciona como un escáner de rayos X. Detectamos la mediocridad del sentimiento antes de que se pronuncie la primera palabra. Sabemos distinguir el amor-compañía, ese refugio tibio pero gris, del fuego que una vez nos calcinó.

Esta es la soberanía del desencantado: nadie nos engaña si no abrimos nosotros mismos la puerta del embuste. No vivimos mentiras porque ya no compramos espejismos.
Hemos aprendido a reconocer que la mayoría de los afectos modernos son solo perfumes sintéticos, imitaciones baratas de aquella esencia pura que nosotros desperdiciamos sobre el asfalto.
Hay una paz cínica, casi aristocrática, en saber que el «gran acontecimiento» ya pasó. Ya no tememos al desamor porque estamos vacunados por la ausencia; somos soberanos de un reino de cenizas, y en ese reino, la decepción no tiene jurisdicción.
Pero la lucidez tiene un precio que se paga con el silencio de las noches largas. La desventaja es la condena de la comparación perpetua. Has establecido el estándar de la existencia en un lugar donde el oxígeno es demasiado escaso para la vida diaria. Saber, con la frialdad de un forense, que nunca volverás a sentir esa falta de tope, es una forma de invalidez emocional.
El amor, a partir de aquel primer cataclismo, se convierte en una administración inteligente de los restos. Nos volvemos burócratas del cariño. Dosificamos lo que nos queda, lo mezclamos con agua para que dure, lo distribuimos en frascos pequeños etiquetados como «compromiso», «estabilidad» o «ternura». Pero sabemos que es un sucedáneo.
Lo más trágico no es la falta de amor, sino la pérdida de la botella original. Con los años, entre mudanzas espirituales y naufragios domésticos, hemos perdido el rastro del envase. Ya no sabemos en qué rincón del desván de la memoria quedó aquel cristal tallado. A veces, en un momento de debilidad o de embriaguez, intentamos buscarlo, pero las manos solo encuentran aire. Y si por un milagro lo halláramos, sabemos que estaría seco. El residuo que queda en las paredes del vidrio es apenas un eco, una mancha de color ámbar que nos recuerda que una vez fuimos capaces de quemarlo todo sin preguntar el precio de la leña.
Vivir con la conciencia de que el resto de tu vida es un epílogo requiere una dignidad especial. Es como habitar una casa hermosa, funcional y sólida, sabiendo que el jardín donde florecieron las rosas más rojas ahora es un parking.
Hay magia en el recuerdo porque es el único lugar donde todavía somos infinitos. En la memoria, la botella sigue volcándose, el perfume sigue suspendido en el aire y nosotros seguimos teniendo veinte años y la arrogancia de los inmortales. Pero el realismo vuelve siempre con su mazo de verdad: hoy somos más sabios, más fuertes y mucho más aburridos. Hemos cambiado la embriaguez por la claridad, y aunque la claridad nos permite caminar sin tropezar, nos impide ver las estrellas con la misma intensidad que cuando estábamos borrachos de aquel primer descontrol.
Somos, en definitiva, los administradores de un legado que nosotros mismos dilapidamos. Y aunque nos duele el vacío, hay un orgullo secreto en saber que, al menos una vez, no guardamos nada para el día siguiente. El perfume se gastó, la botella se perdió, pero el aroma quedó tatuado en el alma, recordándonos que, aunque ya no podamos arder, una vez fuimos el incendio mismo.»
Extracto de «El Analista, 2009» AMR -AtoM Crimed ©


