«No hubo goteo. Hubo catarata. Un pequeño acto de terrorismo emocional contra nuestro propio futuro, cometido con total inconsciencia y, hay que decirlo, con bastante alegría.«
Extracto de «El Analista, 2009» AMR -AtoM Crimed ©
» Entonces se sentó y se quedo mirando fijó a nose donde, y empezó a contarle una historia.
—Hay una ceguera, en la juventud, que se no se pide tener y sin embargo, creo, sinceramente, que es la única riqueza de verdad que le ha sido dada al ser humano. No es una riqueza que se cuente en números ni que tiemble con los inviernos. Es otra cosa. Es una opulencia que no pide permiso a nadie, ni siquiera a la razón.

Nosotros, entonces adolescentes, veniamos de pelicualas de los 80 donde todo eran milongas, no entendíamos el «amor» como hoy se entiende: un contrato de cuidados repartidos, una transacción discreta entre dos soledades que se hacen compañía. No. Para nosotros era clima. Era tiempo atmosférico. Un incendio que llegaba sin avisar y que, sin pedir disculpas, nos reducía a lo que de verdad éramos, sin adornos.
Parecía cuando menos lo esperabas, y con quien menos lo esperabas, siempre es así, ¿no?, cuando menos lo esperas, era como si en tus manos tubieses una botella. Una sola. Que contenía, dentro de un cristal pesado y tallado con las aristas mismas del destino, un elixir con una sola cantidad que era la que tenias para gastar en una vida entera. El corcho que la cerraba, con apenas rozado, ya prometía la eternidad, o algo parecido.

Cualquiera con un poco de cabeza, cualquiera que ya hubiese sobrevivido unos años, habría corrido a buscar un cuentagotas. Habría dosificado cada miligramo de cariño con la avaricia calculada del boticario que sabe, porque lo sabe, que el inventario se acaba. Que no hay reposición.
Pero nosotros no teníamos esa edad. No teníamos esa prudencia. Éramos, durante un rato, algo parecido a dioses breves.
Y sin mirar atrás, con una negligencia que ahora, desde aquí, casi parece sagrada, volcamos el frasco entero. No hubo goteo. Hubo catarata. Un pequeño acto de terrorismo emocional contra nuestro propio futuro, cometido con total inconsciencia y, hay que decirlo, con bastante alegría.
Empapamos el presente de perfume, con una violencia muy lírica. Empapamos los días, empapamos las sábanas, los rincones de los sitios que eran solo nuestros, y hasta los pliegues más íntimos de lo que éramos. Amamos sin freno porque, sencillamente, no sabíamos que el frasco tuviera fondo, se escapaban los sentidos, o quizá los dejábamos escapar nosotros, vaya usted a saber.
Y ahí, en medio de todo eso, nos fuimos disolviendo. El «yo» se deshacía en un charco de fragancia absoluta que hoy, visto desde la distancia que dan los años, parece más un sueño con fiebre que un recuerdo real.
Años después, demasiados, la verdad, la resaca de aquel desgaste se ha ido asentando en algo parecido a la lucidez. Una lucidez sin piedad, si te soy honesto.

Pero reconozco que hay cierta ventaja táctica en haberse hundido tan pronto: la del náufrago que ya no le teme al agua. Cuando has sobrevivido al hundimiento de tu propio Titanic, los charcos de todos los días, esos amores pequeños, esas decepciones de bolsillo, ya no consiguen asustarte.
Haber amado, tan pronto, con esa falta absoluta de mesura nos convirtió, sin querer, en expertos en detectar el simulacro.
Hoy, cuando alguien se acerca con intención de seducir, o con ganas de construir una «verdad» a medias, algo en nuestra mirada se pone en marcha, como un escáner. Y detectamos la mediocridad del sentimiento antes incluso de que se diga la primera palabra. Sabemos, sin que nadie nos lo explique, distinguir el amor-compañía, ese refugio tibio, gris, cómodo, del fuego real, del que una vez nos calcinó de verdad.
Esta es, supongo, la soberanía de quien ya no cree en cuentos: nadie te engaña si tú mismo no le abres la puerta a la mentira. Ya no vivimos en espejismos, porque dejamos de comprarlos hace tiempo.
Aprendimos, a fuerza de golpes, que casi todos los afectos de ahora son perfumes sintéticos. Imitaciones baratas de aquella esencia que nosotros, sin pensarlo dos veces, derramamos sobre el asfalto.
Y hay, sí, una paz un poco cínica —casi aristocrática— en saber que el gran acontecimiento ya ocurrió. Que ya pasó. Ya no le tenemos miedo al desamor, porque estamos vacunados por la ausencia. Somos, en cierto modo, soberanos de un reino de cenizas. Y en ese reino, por raro que suene, la decepción ya no tiene jurisdicción alguna.
Pero toda esta lucidez tiene un precio. Se paga despacio, en el silencio de las noches que se alargan más de la cuenta. La condena, si hay que ponerle nombre, es la comparación perpetua. Pusiste el estándar de lo que puede sentirse en un lugar donde apenas hay oxígeno para respirar el día a día. Y saber, con la frialdad casi clínica de un forense, que nunca más vas a sentir esa falta de límite, es una forma silenciosa de invalidez. Una que no se ve, pero que se carga.
El amor, después de aquel primer cataclismo, se convierte en pura administración de lo que queda. Nos volvemos, sin proponérnoslo, burócratas del cariño. Racionamos lo poco que nos queda, lo rebajamos con agua para que rinda más, lo repartimos en frascos pequeños con etiquetas bonitas: «compromiso», «estabilidad», «ternura». Y aun así, en el fondo, sabemos que es un sucedáneo. Que no es aquello.
Pero lo más triste de todo esto no es la falta de amor. Es haber perdido la botella original. Entre mudanzas —las de verdad y las del alma— y algún que otro naufragio doméstico, se nos extravió el rastro del envase. Ya ni siquiera sabemos en qué rincón del desván de la memoria quedó ese cristal tallado. A veces, en un momento flojo, o después de una copa de más, lo buscamos. Pero las manos solo encuentran aire. Y si por algún milagro lo encontráramos, ya sabemos que estaría seco. Lo único que quedaría sería un residuo en las paredes del vidrio, una mancha ámbar, apenas un eco que nos recuerda que una vez fuimos capaces de quemarlo todo sin preguntar cuánto costaba la leña.
Vivir sabiendo que el resto de tu vida es, en el fondo, un epílogo, exige una dignidad rara. Es como habitar una casa bonita, sólida, que funciona bien, pero sabiendo todo el tiempo que el jardín donde una vez florecieron las rosas más rojas es ahora, sencillamente, un aparcamiento.
Hay magia en el recuerdo, eso sí lo mantengo. Porque es el único sitio donde seguimos siendo infinitos. Ahí, en la memoria, la botella se sigue volcando, el perfume sigue suspendido en el aire, y nosotros seguimos teniendo veinte años y esa arrogancia tan propia de los que se creen inmortales. Pero el realismo siempre vuelve, con su mazo de verdad en la mano: hoy somos más sabios, sí, más fuertes también, pero —hay que decirlo— bastante más aburridos. Cambiamos la embriaguez por la claridad. Y aunque la claridad nos deja caminar sin tropezarnos tanto, también nos quita algo: ya no vemos las estrellas con esa misma intensidad de cuando íbamos borrachos de aquel primer descontrol.
Somos, si lo pienso bien, los administradores de una herencia que nosotros mismos dilapidamos. Y aunque el vacío duele, hay también un orgullo pequeño, casi secreto, en saber que al menos una vez en la vida no guardamos nada para el día siguiente. El perfume se acabó. La botella se perdió. Pero el aroma se quedó tatuado en el alma, ahí donde nadie lo ve, recordándonos que, aunque ya no podamos arder como entonces, una vez —una sola vez, pero fue real— fuimos el incendio mismo—»
Extracto de «El Analista, 2009» AMR -AtoM Crimed ©


